E-Booklet: De Cómo 4 Empresas Multiplicaron 4X Su Crecimiento Creando LibidoBrands, y Otras Historias de Guerra


ACTO # 1 (LA LLAMADA)

Cuando recibí la llamada, Juan David Corso me contó lo que muchas veces motiva al cliente a contactarnos: desde hace algunos años venían con un crecimiento bastante moderado en ventas y necesitaban hacer algo para sacudirse… inventarse algo que estratégicamente hiciera crecer a la compañía de una vez por todas. Juan David, con quien ya teníamos una estupenda experiencia trabajando en el pasado, nos pidió que le presentáramos nuestro modelo de descubrimiento de oportunidades, branding e investigación del ser humano a Adriana Benítez, la gerente de la empresa. La emoción la descontroló una vez escuchó y comprendió el fundamento de nuestra metodología, la cual se enfoca en develar cómo aprovechar oportunidades ocultas dentro de la categoría en la cual se compite; sintió en ese momento que esta herramienta le daría el faro que su empresa necesitaba… así que corrió a buscar aprobación de la junta directiva. A los poquitos días sacó el “sí” de algún lado, y comenzamos.

Más de un mes después, cuando ya Adriana Benítez lo había analizado y digerido, fuimos a presentar nuestro gran estudio a la junta directiva. Al ver que el camino al éxito ya lo dibujaba la estrategia que planteaba el estudio, Adriana se pintaba aplicándolo, feliz. Pero como la vida a veces te da sorpresillas, la presentación con la junta fue un verdadero desastre. Es que no pudo salir peor. La junta, compuesta por personas muy preparadas y con mucha experiencia en el sector, aunque ajenas al mundo del marketing moderno, esperaba ver un estudio más “aterrizado”, de esos que enseñan en la universidad, con más lógica y números que palabras e ideas: del tipo “el % de mercado disponible es ‘tal’”, “el grupo objetivo 1 tiene un X potencial de compra”, “la zona entre la calle X y la carrera Y es el punto más caliente para poner una tienda”… así que derrumbaron nuestro estudio ladrillo por ladrillo, como quien se toma el lamido trabajo de demoler un edificio a punta de cincel, y cuestionaron sin disimulos a quienes lo aprobaron. Salí de ahí mareado, no sé si por la sed después de haber sudado más de la cuenta en una sala de juntas repleta de sabiduría y fuego, o por la confusión existencial que me producía el hecho de que nuestra metodología fuera incomprendida.

Esas cosas pasan. Sobretodo cuando uno trata de explicar una metodología que para algunos suena a física cuántica aplicada a la psico-antropología molecular del ser. Así que uno como consultor, e inventor, sale en hombros de muchas presentaciones y en algunas otras sale inevitablemente corneado, con medio pulmón tajado y el corazón en la mano aún con la terquedad de seguir latiendo. No es mentira que a mi, por ejemplo, me gustan los encierros en esas salas de junta de principado corporativo con mesas de bubinga y más de 18 sillas en cuero; pero cuero de verdad – verdad, ese que huele a vaca Charolais porque te demuestra la bravura y peso del toro que has escogido matar y que, no lo dudes, ha escogido matarte. En realidad, entre más grande la mesa de bubinga y entre más Charolais en la silla, mejor mi desempeño porque me muestra la grandeza y prestigio de la plaza que me ha invitado a lidiar; y si está hasta la coronilla, mejor. Es en esas circunstancias donde sale la casta pura de la lidia. Desde que empieza el cónclave corporativo todos se apresuran a inaugurarse disparando centellas de inteligencia afilada que te estallan en el capote y salpican en la cara, porque nadie quiere dejar de ser protagonista de semejante liturgia a la cognición de prohombres que se da en esas citas modernas. Es en esas condiciones que la adrenalina te facilita la concentración. Está a tope. Así que no hay forma que el rabo se te escape. Ahí hay que darlo todo. Pensándolo bien, tal vez esto explica por qué fue que ese día salí atolondrado.

Otro día, por ejemplo, presenté un estudio en Cali donde todo lo verdaderamente importante estaba bien hechecito, bien mostrado, bien calculado; pero unos datos “raros” que el gerente general no comprendía, hicieron que se indispusiera conmigo y con la presentación, al punto que a partir de la diapositiva 5 decidió que ya no le gustaba el estudio y que yo olía a creolina chamuscada. Faltaban sólo 126 diapositivas más. Así que, para intentar menguar la tortura de 100 años que tenía por delante, recurrí a todo, incluso a meterle por los ojos varios datos verdaderamente hermosos que encontró la investigación y que le hacían quedar como el mismísimo príncipe Nikolai. Pero ni eso. Así somos; cuando de entrada te indispones con alguien, no hay Nikolai que valga. Lo mejor de todo, es que terminaron descubriendo que esos datos raros, tenían que ver con problemas de su propia base de datos …y fue así como un evento ajeno a nuestra agencia nos condenó, porque una cosa lleva a la otra y cuando vienes a ver, estás revolcándote por los suelos del ruedo rodando desesperado en tu propio eje en medio de una polvareda enceguecedora, buscando esquivar aquellos pitones punzantes ya ensangrentados que, como bien imaginas, no podrás evitar. ¡Llamad al doctor!, dijo Paquirri.

Pero no nos desviemos por favor; para esas historias de guerra habrá otro libro. En todo caso, pasaron un par de meses y, ni Juan David Corso ni Adriana Benítez se dieron por vencidos, así que llamaron a la revancha mostrando un gran ímpetu bravucón por fuera, mientras por dentro hacían agua del miedo que les daba una segunda zozobra bochornosa. Un sábado grisáceo de bruma dictatorial y llovizna compungida, volvimos a presentar el estudio a la junta; fue una de esas tibias segundas oportunidades en las cuales, ni la ganadería tiene ya fe en el torero, ni el torero en la ganadería. Pero como los cojones a veces se prenden de la suerte… vaya sorpresa… sudé un poquito menos. Sólo un poquito, porque aún cuando fueron algo más receptivos, seguía siendo evidente que, al menos todavía, no querían tragarse el cuento. Escepticismo ya con callo. Pero pues ni modo: salí de ahí resignado pensando en que en mi vida volvería a saber de ellos.

Sobreviví. Pasó el tiempo… y al día 451 me sonó el teléfono con el nombre “Juan David”. Así es la vida de creativa.

Una de las historias que leerás aquí relatan mucho de lo que Juan David Corso y Adriana Benítez, nos han contado del desenlace de la historia. La historia de cómo una empresa de productos de belleza logró dar vuelta a su estrategia y cuadruplicó su porcentaje de crecimiento basado en un modelo de branding e y comprensión humana distinto y revolucionario, que sólo algunas empresas valientes se atreven a aplicar.

NO te pierdas el Acto # 2.

Este libro es pura proteína. Macizo, conciso, con toda la carne necesaria para entender nuevas formas de encontrar y aprovechar como nunca las oportunidades ocultas que hay en la categoría en la que participa tu empresa. Lo iremos develando a lo largo de 12 Actos, todos lanzados en redes sociales, uno a uno, como esos bocados exquisitos que se saborean de a poquito, despacito. Y son 12 porque es un número verdaderamente especial: el día doce del mes doce nació mi hija, y resulta ser desde siempre, el número de suerte de mi papá, y a veces trata de ser el mío también en aquellas circunstancias en las que me mira con ojos seductores, como tratando de convencerme de la ingenua creencia de que hay un éter misterioso que controla el destino.

 

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